viernes, 30 de marzo de 2012

Cómo quisiera...





Cómo quisiera volver a la noche o al poniente del día en que nos conocimos. A la palabra fresca en madrugada, a la risa tipeada desde el alma.
Cómo quisiera hacer que la clepsidra diera marcha atrás tanto trabajo de horas almacenadas vaya a saber dónde, vaya a saber cuándo.
Cómo quisiera la inocencia de los hechos de amor desprevenidos, de las caricias eternas y frágiles, de la lenta miel de los besos remotos.
Cómo quisiera la ilusión de una costumbre nueva, y el misterio de las cosas que nos ignoran y que se ignoran.
Cómo quisiera errar de nuevo a la verdad para volver a tener dilatadas vigilias emocionadas.
Cómo quisiera, después de tantos viajes, un simple atardecer en los vidrios de la ventana de la casa elegida, llanamente.
Cómo quisiera retomar los arquetipos, las mas grandes aguas, el mar de la escritura en sus surcos, el olor de las noches y del alba, entre la acechanza del horizonte. La felicidad de ser valiente otra vez, firme en las sombras de los huertos, dormida brújula que ya no descifre las borrascas.
Un arduo cristal que me adivine como antes, en pasión por la batalla.
Cómo quisiera de nuevo los ríos seculares, el perdido laberinto, el sagrado libro aún no abierto, la boca frugal del beso primigenio, y la agonía del que espera un rostro sobre el que se inclinará sin complejo ni prejuicio.
Cómo quisiera rescatar el tiempo y la divina gota de sudor que por primera vez manchó mi sábana.

miércoles, 21 de marzo de 2012

otoño


Ya levanta el verano sus ligeros manteles, y el otoño, sin alzar aun la voz, lo está viendo alejarse: cómo mueve sus verdes parasoles, como arrastra –soberbio- su cola de pavo real y pedrería. Nada ha cambiado en apariencia, pero el otoño hará sonar su música, inevitablemente, una canción que no tiene retorno. Tendremos que ir cerrando las ventanas.

Yo me pregunto, como si mi corazón no fuera mío ¿qué será de aquella locura sonora, de aquel atrevimiento? ¿Quién asegura que no ha cambiado nada? Floreció y marchitó la flor más dulce, pasó el violento rapto que no podía durar, la plenitud vehemente hecha para un solo día…
Antes teníamos coraje: las inseguridades y la impaciencia nos punzaban, y tomábamos medidas oportunas para no perder lo aun no perdido.
Será que los castillos inexpugnables han sido, ya, expugnados; los acompañantes insustituibles han sido sustituidos; todos los amores inolvidables, olvidados…
No, si no que fuimos embozando los largos filos que nos ensangrentaban.
¿Es que somos más fuertes? No, acaso, simplemente somos más nuestros y hemos ido cerrando las ventanas. O es, acaso, que comenzamos a ser cada vez menos, y volvemos la mirada hacia dentro.
La sangre se nos hace perezosa. Y el llanto…

Los solitarios ¿qué esperan del otoño? Quizá el atardecer –esa es nuestra hora- , las frías llamaradas del sol que se deja caer sin resistirse, sin asirse a las copas de los árboles, a los tejados, a las familiares fachadas delante de las cuales esperamos el milagro.
El sol está cansado, lo mismo que nosotros. Se abandona en brazos de la noche anticipada. ¿Qué pueden esperar los solitarios? ¿Habrá acabado todo? Sin embargo, quedan cosas..., no es que las cosas mueran, es que nosotros nos hemos ido de ellas, como se va el río.
Somos nosotros los que no volvemos.

La canción de los otoños no tiene estribillo.

De ahora en adelante los invitados al jardín, serán cada vez menos. Entrarán más despacio, hablarán en voz baja. Se oirá más apagado el cantar de la fuente, e irán enmudeciendo lentamente los grillos. Se acortará la luz, se ensancharán las sombras. Camino del solsticio, muy perezosamente, como la sangre.
La oscuridad se obstinará en los rincones. La soledad sonreirá.

Hay una edad en la que todo es verano, y otra en la que el otoño -el otoño es también la armonía del mundo- se instala como un rey, incomprensible y evidente, dentro del corazón. No es un usurpador, ni un tirano, ha llegado su hora y nos gobierna sin urgencias, ni apuros. Nos invita a recomenzar cerrando las puertas por las que entraron las intemperies.
Todo está bien. El mundo sigue siendo hermoso…y está ahí... está ahí… y es otoño… cuando lucen más todos los colores.



©® Susana Inés Nicolini

lunes, 12 de marzo de 2012

sobre la Luna Loba

Algunos días
si abrazo me salen plumas
dejo la gravedad
me sustento
en espirales de ángel,
me restriego
contra un hombre desnudo
que suplica con los ojos
sin foco ni pupilas.

Otras veces me pinto cintas
en la piel sustituta
y me dejo crecer los colmillos
afilo las uñas contra las piedras,
arqueo la espalda
y salgo a cazar, vestida con sedas,
mintiendo amores
copiando el idioma de las novelas
coreando rock o pitando jazz
descalza
como una guerrera de nalgas curtidas.


Pero también
hay noches que tengo
la sangre dulzona. Abocada.
Y con cada beso mío
él recibe un lucero
y me pongo un hombre dentro
como quien toma una pócima
para resarcir un poco
tantas heridas. Tantas muertes.

Si el día es fértil
me lamo las punzadas
me apareo
y la luna es una herida de bala
en el vientre
que me abre de sur a norte,
y como toda hembra
aúllo más fuerte
y bendigo la tierra
dispuesta a parir sueños.



©® y RNPI de Susana Inés Nicolini