miércoles, 6 de abril de 2011

en el poema





A la espera de alguna maravilla
me he quedado.
Las ideas se han vuelto de repente
pájaro sin vuelo,
playa sin pisadas
eco de algún eco,
puerta clausurada.
El abismo ha brotado
en mi mirada
como pálida anémona.
Del humilde saco de
mis musas
los párpados cerrados de los astros
han extinguido las lenguas
del sol
y el agua de esmeralda.
El campo ya no cimbra
augustos girasoles,
ni los surcos de la tierra dan frutillas.
Los labios besados en
otro tiempo
se han convertido en líquenes
amargos.
Naufragan las palabras
en el mar de mi silencio.
El aura del artista
se ha recluido
confinada en el sueño de lo errante.
Las lágrimas dulces,
como licor de llanto,
cancelaron sus fórmulas alquímicas.

Es la hora de la inquietante espera,
la inspiración destinada a mi pluma
se ha detenido en los valles
del delirio y en etéreas raíces,
en rumores de lamentos;
en el hombre que mira su copa vacía
justo cuando la sed comienza.

¿Dónde estás?
Pregunta mi muerte y mi piedad,
cuándo mi corcel, que no sabe de riendas,
sale a buscarte en el filo del día,
con la barca de la noche precipitándose;
porque debo encontrarte,
más allá de bastas regiones tenebrosas,
en el mínimo roble o el indeleble acero,
en la palabra negra, en la palabra blanca,
o en el hontanar sombrío…
Como sea, debo encontrarte,
como sea…
Acaso, tan sólo estés en el poema.