martes, 7 de septiembre de 2010

poison

Hincado de rodillas


París me abre sus desagües
sólo nombrarla
quema mis vocales.
Es una espiga
que hará pan con
fusas y corcheas;
abre sus fauces
y yo abro las mías
para tragarnos mutuamente.
Toda la eternidad se ampara
tras el vitraux infinito
de sus luces,
mientras amordazado
detrás de cada uno de sus haces
me calo el amor de su febrero,
y sobrevuelo cúpulas,
tejados,
pesadillas.
Sé que atravesarla será
la muerte de mi muerte
y más aun…
pero mi espanto
está dispuesto a deshojarse:
París es toda una insolencia
y yo soy un insolente.
¡A mi… ya no me espera
ningún cielo!